El casete que prometía inglés y el software que promete derecho
Por qué el LegalTech que solo revende con sobreprecio —y dosis de miedo— un acceso que el abogado puede tener directo tiene los días contados. El verdadero apalancamiento no está en la plataforma: está en la pericia.
Antes de hablar de inteligencia artificial, déjenme hablar de un casete. Quien creció en la Colombia de los años ochenta y noventa recordará el comercial: una voz hipnótica prometía aprender inglés mientras uno dormía. Usted ponía el casete junto a la cama, cerraba los ojos y, según la publicidad, despertaba más cerca de la fluidez. El esfuerzo era opcional; el cerebro, decían, trabajaba solo.
No era inofensivo. La Superintendencia de Industria y Comercio terminó sancionando a varias de esas empresas —una de ellas, INTERAMERICAN LANGUAGE, con cerca de cuatrocientos noventa y dos millones de pesos (492.800.000), unos US 140.000— y la ciencia ya había desmontado el mito: nadie aprende un idioma por ósmosis nocturna. Quien compró el casete despertó igual de mudo que cuando se acostó.
Cuento esto porque el mundo jurídico vive hoy su propia versión del casete, y casi nadie quiere verlo. Se llama LegalTech.
Repasemos qué vendía INTERAMERICAN LANGUAGE: no vendía inglés, vendía un empaque. Tomaba algo que ya existía, lo envolvía en una promesa de magia, le ponía un precio de prestigio y se interponía entre usted y aquello que, con disciplina, podía alcanzar solo. Buena parte de la industria que hoy ofrece "inteligencia artificial para abogados" hace lo mismo: toma un modelo de propósito general (el mismo al que usted y yo accedemos), lo envuelve en un tablero reluciente, le cuelga la etiqueta de "entrenado con jurisprudencia" y le fija una suscripción que solo se entiende si uno cree estar comprando algo inalcanzable de otro modo. Cobra por el empaque.
Y aquí va mi tesis, sin anestesia: ese modelo de negocio está condenado. No porque la inteligencia artificial no sirva, sino precisamente porque sirve, y de manera directa. El día en que el abogado promedio entienda que casi todo lo que le vende el intermediario lo puede hacer él mismo con Claude o con otras inteligencias artificiales de propósito general, el casete se quedará sonando solo junto a la cama.
El mercado ya le puso precio
Y no es una intuición mía: la bolsa ya leyó la sentencia. A comienzos de febrero de 2026, cuando uno de los grandes modelos —Claude— liberó una batería de habilidades (skills) y conectores especializados para el trabajo jurídico —revisión de contratos, debida diligencia, cumplimiento, investigación legal—, la reacción no se sintió en los juzgados, sino en las bolsas. Las acciones de Thomson Reuters, dueña de Westlaw, se desplomaron alrededor de un dieciocho por ciento (18 %) en una sola sesión: su peor caída diaria en toda su historia. RELX, matriz de LexisNexis, cayó cerca de un catorce por ciento (14 %), su mayor descalabro en un día desde 1988. Wolters Kluwer perdió un trece por ciento (13 %). Hasta LegalZoom resbaló. En conjunto, las compañías de software borraron más de trescientos mil millones de dólares (300.000.000.000) de valor de mercado en una sola jornada.
Seamos honestos: varios analistas calificaron la caída de exagerada, y en algo tienen razón —los archivos propietarios de jurisprudencia y la marca de esos gigantes no se evaporan de la noche a la mañana, y el propio fabricante del modelo advirtió que sus resultados deben ser revisados por un abogado habilitado—. Pero hay un detalle que vale por todo el discurso: algunos de esos gigantes ya están reconstruyendo sus productos sobre el modelo que los amenaza. Thomson Reuters rehízo su herramienta estrella, CoCounsel, sobre la tecnología de Claude. Ahí está, en una sola imagen, el futuro del oficio: el modelo de propósito general que a la vez sostiene y devora la capa de aplicaciones construida encima. El intermediario que no aporte más que el empaque no tiene cómo ganar esa pelea.
Lo digo desde mi trinchera, no desde un folleto. El verdadero apalancamiento no está en "entrenar un modelo" ni en comprar una plataforma carísima: está en cómo se instruye a la máquina. Yo no le pido que aplique un marco genérico; le pido que aplique el mío, el que decanté en años de estrados. Ese criterio se encapsula y se reutiliza, y no solo mediante las llamadas skills —archivos de instrucciones que uno configura—, sino con las capacidades nativas de los propios modelos: razonan, leen documentos, editan el Word con control de cambios a mi nombre, estandarizan cincuenta citas en segundos. Nada de eso exige un intermediario: exige que usted entienda la herramienta.
Veo, eso sí, dos vendedores de casetes rondando el oficio. El primero vende la fantasía del esfuerzo cero: "litigue mientras duerme", "redacte su tutela mientras duerme". El segundo, más sofisticado, vende miedo: plataformas costosas cuyo argumento de venta no es lo que hacen, sino lo que podría pasarle si no las compra. Y aquí los colombianos sabemos de eso: tuvimos a DMG, la pirámide que captó más de dos mil millones de dólares (2.000.000.000) prometiendo proteger a la gente de un sistema que "la explotaba". El esquema más peligroso no es el que promete magia: es el que promete dependencia disfrazada de salvación. La pregunta no es si la tecnología sirve, sino quién conserva el criterio.
Porque la máquina alucina, y en derecho la alucinación mata. La he visto inventar sentencias de la Corte Interamericana con nombre de caso, número de serie y párrafo, todo falso y todo verosímil: un "Caso González y otros vs. el Estado" que jamás existió. A eso lo he llamado ablucinación jurídica: la delegación acrítica del juicio legal, ese acto casi litúrgico de lavarse las manos y dejar que el algoritmo decida. Por eso ninguna cita entra a un escrito mío sin verificarse en la fuente oficial. Ninguna. Y esa regla no la pone la plataforma: la pongo yo.
Porque el criterio no se descarga. La máquina puede escribir como yo; no puede decidir como yo: cuándo callar un argumento para no exponer al cliente, cuándo una concesión táctica abre la puerta a un acuerdo, cuándo la ley dice una cosa y la justicia exige otra. El abogado que cree que la IA piensa por él comete el mismo error del que creyó que el casete hablaría inglés por él.
Sostengo, entonces, que el LegalTech que solo revende con sobreprecio y dosis de miedo un acceso que el abogado puede tener directo, tiene los días contados. Sobrevivirá el que aporte algo genuino; desaparecerá el que vivía del empaque, como desapareció el casete: no porque el idioma dejara de importar, sino porque entendimos que se aprendía de otro modo. Lo que se vuelve más valioso que nunca es el abogado que comprende la herramienta, la configura, la verifica y la pone al servicio de la justicia.
Yo la uso todos los días, incluso para dar forma a estas líneas. Pero no le he entregado ni le entregaré lo único que un cliente de verdad me paga: el juicio de un ser humano que responde con su nombre por cada palabra que firma. Dejo, pues, una pregunta de esas que solo deben formularse después de los hechos: el día en que un juez, una EPS o un Estado use inteligencia artificial para decidir sobre la vida de nuestro cliente —y ese día ya llegó—, ¿quién, sino un abogado que de verdad la comprenda, estará en condiciones de defenderlo? La máquina no sueña el derecho por nosotros. Sigue siendo nuestra tarea despertar y argumentar.
Coda práctica: cómo comprar, si hay que comprar
Si, pese a todo, usted sopesa pagar por una aplicación para abogados —y a veces el empaque sí agrega valor—, hágase estas cinco preguntas antes de firmar la suscripción:
- ¿Qué agrega sobre el modelo general? Si no puede nombrar con precisión qué hace la plataforma que usted no pueda hacer directo con una inteligencia artificial de propósito general —integración real, fuentes verificadas, soporte serio—, está pagando por el empaque.
- ¿Quién ve sus datos? Exija la retención de datos desactivada, la garantía de que sus expedientes no entrenan ningún modelo y acuerdos de tratamiento serios.
- ¿Le explican cómo funciona o le venden miedo? La opacidad es la bandera roja; la herramienta que usted no entiende lo deja a merced de quien se la vendió.
- ¿Las citas son verificables? Que cada fuente sea rastreable hasta el documento oficial. Una IA legal que no le permite verificar es una fábrica de ablucinaciones.
- ¿Conserva usted el criterio? La buena herramienta amplifica su juicio y le deja redirigirla en cada paso; la mala lo reemplaza y lo vuelve dependiente.
Y conviene mirar hacia dónde sopla el viento. Los propios fabricantes de los modelos ya entregan, directo y sin intermediarios, lo que muchas plataformas cobran como exclusivo. Un ejemplo es Claude Cowork: en lugar de limitarse a conversar, uno le asigna un objetivo y una carpeta de archivos, y trabaja de forma autónoma —investiga, sintetiza, redacta, ordena documentos y prepara entregables directamente sobre el computador del usuario—. No es magia: exige supervisión humana, las decisiones de fondo siguen siendo del usuario y trae sus propios riesgos. Pero la señal es inequívoca: la capacidad agéntica que ayer justificaba una plataforma costosa hoy viene incorporada en la herramienta de propósito general. El intermediario tiene cada vez menos que vender, y usted, cada vez menos que delegar.
Publicado originalmente por Andrés Guzmán Caballero en LinkedIn. Se reproduce en Ablucinaciones con autorización del autor.